VICTIMA NUMERO CINCUENTA

Joven, de Córdoba, brutalmente asesinada, solo un año de relación, y unos minutos sangrientos acabaron el domingo 19 de septiembre con la vida de Rocío. Su presunto autor, José Angel se suicida. Rocío era madre separada, deja a dos hijos huérfanos, y otros dos deja José Angel de una anterior relación, uno de ellos lloraba desconsolado en el funeral, cuentan los vecinos. En los funerales, consternación, silencio de las madres con el corazón roto, y manifestaciones de repulsa por el dolor. Los niños posiblemente no comprendan nada, lloraran mucho tiempo y van a necesitar mucho cariño y apoyo psicológico de por vida, no para entender, sino para querer olvidar o superar el macabro suceso que acabó en tragedia.
El patrón de comportamiento de asesinato en plaza pública se repite, el asesino no esconde su delito, el asesino anuncia su cárcel o su suicidio inminente, como así sucedió en otros casos. Los asesinos de mujeres no se arrepienten casi nunca, lo hecho, hecho queda.
Rocío ha sido la víctima cincuenta, detalles tan crueles y escabrosos se han contado que no vamos a repetir aquí, el caso está aún en investigación policial. Pero lo que si es cierto es que su vida ya no existe, y que su presunto por siempre asesino (y lo será por siempre porque al morir él también no se puede juzgar al autor) tampoco existe ya. ¿Contra quien gritaremos justicia ahora?
Esta violencia brutal como ocurrió en otros casos, no responde al proceso de maltrato habitual, (cinco o diez años de violencia, son los casos que nos van avisando en ese círculo que va creciendo con los años de amenaza-insulto-agresión). El asesinato de Rocío ha sido diferente por atroz, por cruel, por rápido, ella posiblemente había aprendido a ser víctima en relaciones anteriores, él quizá también sabía como comportarse y se encontraron con un camino ya recorrido que requería solo un juicio rápido del autor criminal, un año de relación ha bastado para llegar a la muerte. Solo ella podría haber sido testigo de posibles amenazas o del anuncio del delito y su boca quedó sellada antes de testificar, antes incluso de sospechar, antes de alertar a nadie, antes de reaccionar.
Cualquier víctima viva amenazada tiene que poder contar lo que le ocurre, tiene que poder compartir su incomprensión y su chantaje, ese al que es sometida durante el tiempo previo a su muerte, el chantaje de las voces, los insultos y las amenazas de muerte que, por desgracia como en el caso de Rocío pueden llegar antes de lo que se espera.
Existen recursos, números de teléfono al que llamar, centros de la mujer en los municipios, cuerpos policiales y de guardia civil con muy buena formación, que saben perfectamente donde acudir y que aconsejar a las víctimas. Hay casas de acogida, y medidas judiciales. Pero una víctima sola, amenazada e incomunicada es incapaz de decidir por ella misma, por eso es tan importante ofrecer ayuda de otras personas, la red de asociaciones de mujeres, las amigas, los vecinos son el enlace para ponerlas en contacto con los centros de la mujer o con la policía donde tienen apoyo psicológico para poder salir del infierno antes de que sea inevitable, apoyo imprescindible antes, durante y después de la denuncia.

Por eso desde voces de mujeres, además de trasmitir nuestro mas sentido pésame a la familia de Rocío, nuestro apoyo a esos niños aturdidos por el dolor, y nuestra solidaridad con la gente de Villarrubia que ya ha vivido la tragedia en mas de una ocasión, queremos alertar y volver a pedir intolerancia para los agresores y apoyo social para las víctimas.
Repetimos con la plataforma cordobesa contra la violencia a las mujeres: Ni una muerte más, ni una agresión más a mujeres.